Quichinche Hopers: Women Lawyers and Justice in Northern Ecuador

Hope Taft, former first lady of the State of Ohio and now President of The Tandana Foundation, believes in the possibility of changing society and people’s lives for the better. Her letterhead prominently features the phrase “Ohio Hoper.” Gladys Perugachi, an indigenous woman in the Kichwa-speaking region of Ecuador, is a kindred spirit, committed to a more just society, which in that country has been very slowly becoming a hard-fought reality.

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Like many of Ecuador´s indigenous children, she suffered through a difficult childhood, but emerged with strengthened resolve. Social injustice early on threw its shadow on her family. Her grandmother, who was illiterate, was robbed of some of her lands by dishonest lawyers. Then, Gladys observed that rural women like her grandmother, who do not know their legal rights, were routinely treated badly in government offices – told to come back later or wait for mestizo/white people to be waited on first.

Parents in her town repeatedly asked for the local government to provide a school, but were always told that there were not enough children in the community until finally a school was started. Eventually, a non-governmental organization set up a childcare center, where she went to work to earn funds. Together with a fellow employee, Margarita Fuérez, she put on events for the community, including Valentine’s Day and New Year’s Eve parties. But in spite of their best efforts, the NGO ran out of money and the center folded.

Gladys decided that becoming a lawyer was her best hope for helping the community. Fortunately, The Tandana Foundation had recently been established in Panecillo. She applied for a scholarship to law school, won it, and earned the degree as one of only two indigenous women in her class. This was a turning point, and she gladly says that Tandana changed her life. ¨Tandana was a new beginning for me and my family.”

After graduation, she took a job in her Parish, working to ensure adherence to laws and regulations. A high priority was public safety, so she has helped train the community leadership councils, teaching them particularly about dealing with domestic violence and drug abuse, and often coordinating with the national police. Lesser offenses are judged by something like a grand jury, made up of community elders whose decisions are always submitted to an assembly of all citizens, including women and (non-voting) children. Sentencing is limited to hours of community service and ritual purification baths, measures that get surprisingly good results by restoring offenders to a constructive place among their neighbors. Only more serious crimes, on the order of murder and rape, are referred to the federal courts. Gladys struggles, too, against flagrant disregard for fines and officials taking bribes in return for canceling the fines altogether.

What she had accomplished still felt like not enough. She and Margarita set up a community action group, and then a tragic case happened when a mother abandoned her child. Local people arranged for the child to be adopted by an aunt and uncle. But then the derelict mother returned, demanded the return of her daughter, and no one could find a way to prevent the aunt and uncle losing the guardianship. This case, among others, moved Gladys to form a law partnership with another lawyer, an indigenous woman who is a friend of hers, with the intention of using the law to defend those in need in an honest way.

Gladys and her partner often work pro bono, or get paid in kind from her clients’ farm gardens. They fight against the age-old systemic vice of officials delaying the processing of documents in order to extort a bribe. The partners routinely give 50 percent discounts to people who can’t afford more, and streamline the consultations so that clients do not have to run up a bill by a string of office visits. At this time there are about 10 indigenous women lawyers in the city of Otavalo (population 32,500) but no indigenous male lawyers; they appear to fold under social pressure to prepare for more lucrative careers.

Gladys is not deterred, “I knew I was committing to give back to my community.” And she adds, drawing on her own experience, “While law is essential, education is the only effective way to bring about lasting social change.”

By Clark Colahan and Barbara Coddington

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Esperantes de Quichinche: Mujeres abogadas y justicia en el norte de Ecuador

Hope Taft, ex primera dama del estado de Ohio y ahora directora ejecutiva de la Fundación Tandana, cree en la posibilidad de mejorar la sociedad y la vida de las personas. Su membrete destaca la frase “Ohio Hoper,” que significa Esperante de Ohio. Gladys Perugachi, una mujer indígena en la región de Kichwa del Ecuador, es un espíritu afín, comprometida con la sociedad más justa, que en ese país se ha convertido muy lentamente en una realidad muy reñida.

Al igual que muchos de los niños indígenas de Ecuador, sufrió una infancia difícil, pero emergió con una resolución fortalecida. La injusticia social pronto arrojó su sombra sobre su familia. Su abuela, que era analfabeta, fue despojada de algunas de sus tierras por abogados deshonestos. Entonces Gladys observó que las mujeres rurales como su abuela, que no conocen sus derechos legales, eran maltratadas de manera rutinaria en las oficinas del gobierno, les dijeron que regresaran más tarde o esperaran a que primero se atienda a los mestizos / blancos.

Los padres, en su comunidad, pidieron repetidamente al gobierno local que proporcionara una escuela, pero siempre les dijeron que no había suficientes niños hasta que en fin se abrió una escuela. Finalmente, una Organización No Gubernamental (ONG), estableció un centro infantil, donde fue a trabajar para recaudar fondos. Junto con una compañera de trabajo, Margarita Fuérez, organizó eventos para la comunidad, incluidas las fiestas de San Valentín y Nochevieja. Pero a pesar de sus mejores esfuerzos, la ONG se quedó sin dinero y el centro cerró.

Gladys decidió que convertirse en abogada era su mejor esperanza para ayudar a la comunidad. Afortunadamente, la Fundación Tandana se había establecido recientemente en Panecillo. Solicitó una beca para estudiar derecho, la ganó y obtuvo el título como una de las dos únicas mujeres indígenas en su clase. Este fue un punto de inflexión, y con mucho agrado dice que Tandana cambió su vida. “Tandana fue un nuevo comienzo para mí y mi familia”.

Después de graduarse, ocupó un puesto dentro de su Parroquia, trabajando para garantizar el cumplimiento de las leyes y reglamentos. Una de las principales prioridades era la seguridad pública, por lo que ha ayudado a capacitar a los dirigentes de las comunidades, enseñándoles particularmente sobre cómo abordar la violencia doméstica y el abuso de drogas, a menudo coordinando con la policía nacional. Los delitos menores son juzgados por algo así como un gran jurado, compuesto por ancianos de la comunidad cuyas decisiones siempre se someten a una asamblea de todos los ciudadanos, incluidas las mujeres y los niños (sin derecho a voto). La sentencia se limita a horas de servicio comunitario y baños rituales de purificación, medidas que obtienen resultados sorprendentemente buenos al restaurar a los delincuentes a un lugar constructivo entre sus vecinos. Solo los delitos más graves, por orden de asesinato y violación, se remiten a los tribunales federales. Gladys también lucha contra el flagrante desprecio por las multas, y los funcionarios que aceptan sobornos a cambio de cancelar las multas por completo.

Ella sentía que lo alcanzado todavía no era suficiente. Ella y Margarita establecieron un grupo de acción comunitaria, pero un caso trágico ocurrió cuando una madre abandonó a su niña. La gente local hizo arreglos para que la niña fuera adoptada por una tía y un tío. Pero luego la madre regresó, exigió el regreso de su hija, y nadie pudo encontrar una manera de evitar que la tía y el tío perdieran la tutela. Este caso, entre otros, llevó a Gladys a formar una sociedad legal con otro abogado, una mujer indígena amiga de ella, con la intención de utilizar la ley para defender a los necesitados de manera honesta.

Gladys y su pareja a menudo trabajan pro bono, o se les paga en especie en los jardines agrícolas de su cliente. Luchan contra el antiguo vicio sistémico de funcionarios que retrasan el procesamiento de documentos para extorsionar un soborno. Los socios ofrecen habitualmente descuentos del 50% a las personas que no pueden pagar más y agilizan las consultas para que los clientes no tengan que acumular una factura por una serie de visitas al consultorio. En este momento hay alrededor de diez abogadas indígenas en la ciudad de Otavalo (población 100,000) pero no hay abogados indígenas varones; parecen doblarse bajo la presión social para prepararse para carreras más lucrativas. Gladys no se desanima, “Sabía que me estaba comprometiendo a retribuir a mi comunidad”. Y agrega, basándose en su propia experiencia: “Si bien la ley es esencial, la educación es la única forma efectiva de lograr un cambio social duradero”.

Por Clark Colahan and Barbara Coddington

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Esperants de Quichinche: Femmes avocates et justice dans le nord de l’Équateur

Hope Taft, ancienne Première Dame de l’État de l’Ohio et aujourd’hui Presidente de la Fondation Tandana, croit en la possibilité de changer la société et la vie des gens pour le mieux. Son papier à en-tête met en évidence l’expression «Ohio Hoper» qui signifie Esperante de l’Ohio. Gladys Perugachi, une femme indigène de la région équatorienne de langue kichwa, est une âme sœur, attachée à la société plus juste qui, dans ce pays, est devenue très lentement une réalité durement combattue.

Comme beaucoup d’enfants indigènes de l’Equateur, elle a traversé une enfance difficile, mais a émergé avec une détermination renforcée. L’injustice sociale a très tôt jeté son ombre sur sa famille. Sa grand-mère, analphabète, a été dépossédée de certaines de ses terres par des avocats malhonnêtes. Gladys a ensuite observé que les femmes rurales comme sa grand-mère, qui ne connaissaient pas leurs droits légaux, étaient régulièrement maltraitées dans les bureaux du gouvernement, sommées de revenir plus tard ou d’attendre que les métis / blancs soient attendus en premier.

Les parents de sa ville ont demandé à plusieurs reprises au gouvernement local de fournir une école, mais on leur a toujours dit qu’il n’y avait pas assez d’enfants jusqu’a en fin une ecole a ete ouvert. Finalement, une ONG, une organisation non gouvernementale, a mis sur pied une centre d’enfants, où elle est allée travailler pour gagner des fonds. Avec une collègue, Margarita Fuérez, elle a organisé des événements pour le village, notamment la Saint-Valentin et le réveillon du Nouvel An. Mais malgré tous leurs efforts, l’ONG a manqué d’argent et le centre a fermé ses portes.

Gladys a décidé que devenir avocate était son meilleur espoir d’aider la communauté. Heureusement, la Fondation Tandana a récemment été créée à Panecillo. Elle a demandé une bourse d’études en droit, l’a remportée et a obtenu le diplôme en tant que l’une des deux femmes autochtones de sa classe. Ce fut un tournant, et elle dit avec plaisir que Tandana a changé sa vie. ¨ Tandana a été un nouveau départ pour moi et ma famille. ”

Après avoir obtenu son diplôme, elle a pris un emploi au sein de sa Commune, travaillant à assurer le respect des lois et règlements. Une priorité élevée étant la sécurité publique, elle a donc aidé à former les comite dirigeants des villages, leur enseignant notamment la lutte contre la violence domestique et la toxicomanie, souvent en coordination avec la police nationale. Les délits mineurs sont jugés par quelque chose comme un grand jury, composé des sages de la communauté dont les décisions sont toujours soumises à une assemblée de tous les citoyens, y compris les femmes et les enfants (sans droit de vote). La détermination de la peine est limitée aux heures de service communautaire et aux bains de purification rituels, mesures qui obtiennent des résultats étonnamment bons en rétablissant les délinquants dans un lieu constructif parmi leurs voisins. Seuls les crimes plus graves, sur ordre de meurtre et de viol, sont renvoyés devant les tribunaux fédéraux. Gladys lutte également contre le mépris flagrant des amendes et contre des pots-de-vin en échange de l’annulation totale des amendes.

Ce qu’elle avait accompli ne lui semblait toujours pas suffisant. Elle et Margarita ont créé un groupe d’action communautaire, mais un cas tragique s’est produit lorsqu’une mère a abandonné son enfant. La population locale s’est arrangée pour que l’enfant soit adopté par une tante et un oncle. Mais la mère est revenue et a demandé le retour de sa fille, et personne n’a pu trouver un moyen d’empêcher la tante et l’oncle de perdre la tutelle. Cette affaire, entre autres, a incité Gladys à former un partenariat juridique avec un autre avocat, une femme autochtone qui est une de ses amies, avec l’intention d’utiliser la loi pour défendre honnêtement les personnes dans le besoin.

Gladys et son partenaire travaillent souvent gratuitement, ou sont payés en nature dans les jardins de la ferme de son client. Ils luttent contre le vice systémique séculaire des fonctionnaires qui retardent le traitement des documents pour extorquer un pot de vin. Les partenaires accordent régulièrement 50% de réduction aux personnes qui ne peuvent pas se permettre plus, et rationalisent les consultations afin que les clients n’aient pas à payer une facture par une série de visites au bureau. À l’heure actuelle, il y a une dizaine de femmes avocates autochtones dans la ville d’Otavalo (100 000 habitants) mais pas d’avocats autochtones de sexe masculin; ils semblent se replier sous la pression sociale pour se préparer à des carrières plus lucratives. Gladys n’est pas dissuadée: «Je savais que je m’engageais à redonner à ma communauté.» Et elle ajoute, en s’appuyant sur sa propre expérience, “Bien que le droit soit essentiel, l’éducation est le seul moyen efficace de provoquer un changement social durable.”

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